Otro interesante texto del profesor y libertario Heleno Saña, esta vez sobre la propuesta de sociedad autogestionaria, complementario de otro anteriormente publicado en Indymedia-Canarias, "La democracia capitalista" (
canarias.indymedia.org/newswire/display/12501/index.php) y extraÃdo de la misma obra que al final se referencia. El texto a su vez casa con otras muchas aportaciones insertadas en Indymedia, como el del marxista John Holloway, "¿Podemos cambiar el Mundo sin tomar el Poder?" (
canarias.indymedia.org/newswire/display/12669/index.php). Aportaciones estas --a pesar de las distintas escuelas de sus autores-- que optan por otro modelo de intervención polÃtica, distinta y distante del empeño de la "toma del poder" para hacer cambiar nuestro mundo. Buenos materiales para la reflexión en unos momentos en que es preciso apostar por la autonomÃa de los movimientos populares y construir una sociedad decidida directamente por su mayorÃa social. Desde abajo.
.
LA SOCIEDAD AUTOGESTIONADA (Heleno Saña)
1. ¿Qué es la autogestión?
Para que una nueva sociedad marche en una dirección determinada y pueda avanzar hacia el futuro con paso firme y seguro, necesita partir de un sistema coherente de valores y organizaciones capaz de movilizar el consenso de los sectores centrales de población. Yo creo que el sistema que mejor responderÃa a las necesidades e ideales de la sociedad postcapitalista serÃa el de la autogestión.
¿Qué es la autogestión? Es el intento de organizar la vida del hombre sobre la base de la autodeterminación, la libertad y la participación voluntaria de cada ciudadano en las tareas comunitarias. Es, pues, lo contrario del principio de autoridad vertical que ha prevalecido hasta ahora, en mayor o menor grado, en las sociedades humanas. Luchar por el advenimiento de una sociedad autogestionada significa luchar contra el despotismo, contra la represión, contra el elitismo y contra todo tipo de alienación y opresión. La autogestión es un proyecto de liberación integral. En este sentido, la concepción autogestionaria entronca con los grandes ideales emancipativos de la humanidad. Y como todos los ideales universales, la autogestión es por supuesto, un ideal que surge de las raÃces del pueblo, que se apoya en el pueblo y que no puede ser realizado más que a través del pueblo.
La misma estructura semántica del término autogestión indica ya su carácter liberador, pues autogestión significa gestión autónoma y libremente aceptada de cada individuo y grupo social, y ello sólo es posible en el marco de un modelo de vida y de sociedad que haya suprimido toda relación de mando y obediencia y base las relaciones interhumanas y sociales en los principios de solidaridad y ayuda mutua. Para decirlo con las palabras de Marcovic: "Autogestión significa que las funciones gestoras no son ejercidas por ningún poder situado fuera de la sociedad, sino por los mismos productores que crean la vida social en todas sus formas. Autogestión significa la superación de la división eterna de la sociedad entre sujetos y objetos históricos, entre directores y ejecutores" [1].
El término autogestión es relativamente nuevo, surge por primera vez tras la II Guerra Mundial en conexión con el experimento socialista de Yugoeslavia, pero detrás de este término técnico existen antecedentes históricos e ideológicos muy viejos, aunque no se llamasen asà al emerger en la superficie [2]. En rigor, yo dirÃa que lo único nuevo en la autogestión es el nombre, y que sus raÃces y tendencias fundamentales están ya explÃcita o implÃcitamente contenidas en los grandes sistemas sociales del siglo XIX, para no hablar de otros antecedentes más antiguos. Considero como precursores de la autogestión a todos los sistemas de ideas y movimientos históricos que han defendido la libertad del hombre, y, a la vez, la igualdad social. Si tuviera que nombrar a algunos teóricos que propugnaron y expusieron ya esencialmente la idea de la autogestión mencionarÃa a Godwin, Fourier, Owen y al socialismo antiautoritario en general, ante todo a Proudhon. En términos globales, no cabe duda que Marx y Engels aspiraban también a una organización autogestionaria de la sociedad, pero aparte de que introdujeron el concepto de dictadura del proletariado como fase de transición del capitalismo al socialismo - incompatible con los principios autogestionarios- , hay que recordar, como dice el marxista Stojanovic, "que Marx escribió sólo muy esporádicamente sobre la autogestión" [3]. Y como añade el mismo autor, "la idea de la autogestión obrera fue cultivada en mayor medida por las corrientes fabianas y sindicalistas que por los marxistas" [4]. En lÃneas generales puede decirse que una gran parte del movimiento obrero de la época heroica estaba movido por ideas fundamentalmente autogestionarias. Como ejemplos de ensayos concretos de autogestión citaré la Comuna de ParÃs, los soviets de 1905 y 1917, los consejos obreros de Alemania entre 1919 y 1920, los "consiggli di fabrica" surgidos en Milán tras la I Guerra Mundial, los "kibbutz" israelÃes y, especialmente, las colectividades libertarias fundadas por la CNT durante la guerra civil nuestra.
La politización del movimiento obrero, la subordinación de la lucha sindicalista a la lucha parlamentaria y, sobre todo, el surgimiento del fascismo y el estalinismo, impidieron que la idea autogestionaria se convirtiera en la bandera común del proletariado. Pero como ha señalado Stojanovic, "es un hecho que en casi todos los movimientos revolucionarios de nuestro siglo, la clase trabajadora ha tendido espontáneamente a implantar la autogestión" [5].
El ideal autogestionario es todavÃa un movimiento minoritario y disperso, más programático y teórico que real, más académico que militante. La praxis autogestionaria no ha podido desarrollarse más porque la época que hemos vivido desde la terminación la II Guerra Mundial no ha sido, en conjunto, una época revolucionaria de grandes creaciones históricas y sociales, sino una época reformista, dominada por el burocratismo y el politicismo de la izquierda institucionalizada, cuyos intereses esenciales -- aunque afirme lo contrario-- se oponen a la idea autogestionaria. Está claro que el movimiento autogestionario no podrá superar su carácter embrionario actual sin contrarrestar antes la hegemonÃa nefasta que ejerce hoy la izquierda institucionalizada. La monopolización de la conciencia obrera por parte de los partidos socialdemócratas, socialistas y comunistas es uno de los obstáculos principales para la implantación de un régimen de autogestión. Los partidos polÃticos pueden ser utilizados a veces como instrumentos auxiliares de la lucha contra el capitalismo, y mientras existan habrá que apoyar a los más progresistas, pero sin perder nunca de vista que la liberación de la clase obrera, si tiene que producirse, se producirá sólo en el seno de sus órganos naturales de lucha, que son los sindicatos independientes, los consejos obreros, los comités de fábrica, las asambleas y otras formas de acción y organización especÃficamente proletarias.
Autogestión quiere decir gestión propia, autónoma y directa, y por ello es a largo plazo incompatible con el sistema de partidos, basado, como hemos visto en otro capÃtulo, en el principio de representación, que es un principio burgués. Como ha dicho Garaudy, "el problema esencial consiste en estructurar a la clase obrera y al bloque histórico en el lugar de trabajo y no delegar las funciones polÃticas en una organización exterior que actuarÃa en un nivel especÃficamente polÃtico. Lo que hay que abolir es, precisamente, el dualismo que separa "la esfera polÃtica" del trabajo cotidiano. La dimensión polÃtica (es decir, la organización del conjunto de las relaciones sociales) empieza con la organización del trabajo en la empresa, porque, si no, se aÃsla como una función autónoma, externa y extraña al trabajo y se convierte en un despotismo de represión o en un despotismo de manipulación" [6]. El ex estaliniano Garaudy, recogiendo aquà ideas que el sindicalismo revolucionario habÃa expresado ya hace más de cien años, explica muy bien lo que ha de ser el objetivo fundamental del movimiento autogestionario: poner fin al dualismo burgués entre gestión polÃtica y gestión económica. No hay que olvidar nunca que el móvil básico de los partidos polÃticos -por muy de izquierda que pretendan ser-- es el de perpetuar la división entre poder polÃtico y poder económico y la hegemonÃa del primero sobre el segundo.
La autogestión no puede admitir la usurpación de la actividad polÃtica por ningún grupo o casta especial, no puede aceptar que una élite de polÃticos profesionales tenga en sus manos los destinos de toda la sociedad. La autogestión ha de aspirar a la supresión total de la dicotomÃa tradicional entre gobernantes y gobernados, y su sustitución por un sistema basado en la igualdad o reciprocidad de responsabilidades, deberes y derechos, lo que requiere la participación activa de todos los ciudadanos en la "res publica".
El modelo autogestionario no es realizable dentro del marco estrecho y clasista del parlamentarismo. El sistema burgués de partidos significa un gran progreso en comparación al despotismo feudal, el fascismo o el totalitarismo en general, pero no es el sistema que puede garantizar el advenimiento y funcionamiento de la autogestión. Ser libre no es depositar cada cuatro años una papeleta electoral en las urnas, ni escuchar pasivamente durante ese largo plazo los discursos de los polÃticos de turno dentro y fuera del Parlamento. Ser libre significa tener la posibilidad de intervenir de manera permanente y normativa en las decisiones de la comunidad en que uno vive. Eso es ser libre, eso es autogestión.
Este tipo de libertad integral y concreta sólo es posible en el ámbito de una sociedad autogestionada que haya superado los esquemas burgueses de selección, representación y discriminación y haya sabido establecer formas de gestión y convivencia basadas en la responsabilidad directa de cada ciudadano frente a la colectividad, y de la colectividad frente a cada ciudadano. Democracia burguesa perpetúa "ad infinitum" el eterno antagonismo irracional y represivo entre minorÃas activas y mayorÃas pasivas, entre jefes y subordinados, entre élites y masas, entre lÃderes y rebaño. Habrá autogestión cuando nadie tenga el derecho a mandar sobre los demás ni nadie esté condenado a obedecer a otro individuo, y, sin embargo, la vida comunitaria funcione con eficacia y sin conflictos graves. Cuando llegue este momento, se habrá cumplido la máxima de Montesquieu: "Dans un état libre, tout homme qui est censé avoir un âme libre, doit être gouverné par lui méme" [7].
Si el movimiento obrero no vuelve a sus raÃces, si se deja seguir manipulando por los jefes sindicales vendidos a la burguesÃa o por los polÃticos profesionales al uso, la autogestión no podrá realizarse. Habrá pues que sacar del olvido las tradiciones teórico-prácticas del sindicalismo heroico, del sindicalismo revolucionario e independiente surgido en el siglo pasado. Revalorizar ese sindicalismo no significa resucitar e imitar mecánicamente sus esquemas --muchos de ellos rebasados, sectarios y obsoletos-- sino asumir su parte dinámica y creadora, que no es otra que la voluntad irrenunciable de luchar hasta el fin por la liberación de la clase trabajadora.
2. Los peligros de la autogestión
SerÃa erróneo concebir la autogestión como un catecismo, como un esquema rÃgido y cerrado conteniendo una serie de dogmas inamovibles y fijos que una vez formulados empezarán a funcionar automáticamente. Más importante que el entramado programático o formal es la praxis concreta de cada individuo y de la sociedad en general. La autogestión no es un credo religioso con principios inmutables, sino un proceso histórico en continua fluencia, apoyado no en reglamentos y ordenanzas corno las famosas 21 condiciones que Lenin impuso a los partidos de la III Internacional, sino en la capacidad y preparación de cada ciudadano. Si falta ese supuesto previo, de nada servirán los programas autogestionarios y los reglamentos canonizados, ni tampoco las reuniones, las asambleas, los congresos y las decisiones colectivas.
Al estallar la guerra civil española, el movimiento libertario no poseÃa ninguna cartilla programática sobre las colectivizaciones, pero como la mayorÃa de sus militantes estaban sólidamente preparados para acometer tal empresa, no fue difÃcil improvisarlas y hacerlas funcionar rápida y eficazmente, a pesar de que las condiciones objetivas eran muy adversas. La autogestión, más que un programa, requiere una manera de ser, una actitud humana determinada. Formemos a los hombres, enseñémosles a ser libres, justos y tolerantes; si logramos eso, lograremos que esos hombres sepan en todo momento, sin necesidad de consultar a ningún jefe ni a ningún reglamento, lo que tienen que hacer para ser útiles a la sociedad. La autogestión empieza a partir del momento en que uno sabe lo que es justo e injusto, cuando cumple con su deber no por miedo o afán de lucro, como ahora, sino porque su conciencia le dicta esa conducta. Yo definirÃa pues la autogestión como un estadio histórico en que cada individuo siente la necesidad Ãntima de cumplir voluntariamente con su deber, estadio histórico que Godwin anticipaba hace ya dos siglos: "Hay que desear seriamente que cada hombre sea lo suficiente sabio para gobernarse a sà mismo y sin la intervención de ninguna barrera compulsiva" [8].
Ese estadio histórico no sólo será difÃcil de alcanzar --en el supuesto de que llegue a alcanzarse nunca - sino que estará sometido siempre al peligro latente de desnaturalizarse y deformarse, como ha ocurrido con otros grandes ideales. Hay que guardarse de mitificar la autogestión y considerarla como una receta mágica capaz de resolver todos los problemas del hombre y la sociedad. Si, de un lado, el modelo autogestionario puede ser válido como punto de partida para superar las contradicciones más graves de la sociedad capitalista, del otro puede muy bien, dentro de un contexto formalmente anticapitalista, generar nuevas e imprevisibles formas de alienación, manipulación y opresión, pues corno ha señalado el marxista yugoslavo Rudi Supek, "incluso una sociedad sin clases puede representar una forma totalmente alienada de la existencia humana [9].
Uno de los peligros potenciales de la autogestión es el de que en el interior de sus instituciones y mecanismos se gesten subrepticiamente antagonismos más o menos crasos entre las exigencias globales de la sociedad y los intereses de los individuos y grupos particulares existentes en ella. Existe, en efecto, el riesgo de que la autogestión sea minada en mayor o menor grado por el particularismo de los grupos micro-autogestionanos. Stojanovic, que ha estudiado "in extenso" esta problemática, dice: "La teorÃa marxista yugoslava opone con razón la autogestión al estatismo. Pero el desarrollo reciente ha hecho aflorar a la superficie un antagonismo dentro de la autogestión misma: el antagonismo entre la autogestión social y la autogestión particularista de grupos. Ha llegado la hora de advertir que determinados grupos autogestionarios explotan y ponen en peligro a otros grupos autogestionarios y a la totalidad social" [10]. Este particularismo puede convertir la autogestión en una nueva variante del atomicismo burgués y conducir finalmente a la desintegración de la idea autogestionaria, al fomento del individualismo insolidario y el hipersubjetivismo, es decir, a la restauración larvada del viejo orden. Esta tendencia se manifiesta ya desde hace tiempo entre determinados cÃrculos autogestionarios de origen burgués que ven en la autogestión sólo su dimensión anticentralista y antiburocrática y pasan por alto su dimensión socialista y colectivista, cÃrculos que confunden en realidad la autogestión con el anticentralismo y quieren convertir el "selfmanagement" o la "Selbstverwaltung" de los diversos grupos sociales, profesionales y territoriales en una variante sublimada del ultraliberalismo. Eso explica que la palabra "autogestión" aparezca incluso en algunos programas conservadores. Huelga decir que la autogestión obrera incluye no sólo la lucha contra el estatismo en todas sus formas, sino también contra toda tendencia particularista, gremialista y corporativista, precisamente porque defiende no sólo al individuo, sino a la totalidad social.
Pero existe también el peligro de que, a la inversa, un sector social o profesional determinado logre imponer sus criterios e intereses a los demás sectores y reintroduzca por la puerta trasera, a través de su posición oligárquica y hegemónica, el estatismo y el centralismo autoritario bajo nuevas formas, como ha ocurrido también en Yugoslavia: "La experiencia yugoslava nos enseña que la autogestión atomizada puede conducir fácilmente a una manipulación por medio del Estado. Confinada en el marco de pequeños grupos autogestionarios, la clase trabajadora no puede intervenir en el ámbito polÃtico global y plantear el problema de la distribución general de la plusvalÃa" [11].
Ambos peligros sólo pueden contrarrestarse intentando crear una sÃntesis organizativa entre la totalidad social y la libertad de los diversos grupos e individuos a través de un control eficaz y permanente de la dinámica autogestionaria, impidiendo ya desde el principio que cualquier grupo social u organización esté en condiciones de alcanzar una posición privilegiada y utilizarla para manipular, oprimir y explotar al resto de la comunidad.
3. La moral autogestionaria
La autogestión requiere una tarea doble: de un lado, aspira a una transformación externa de la sociedad, de sus instituciones polÃticas, sociales, económicas y culturales; del otro, aspira a una transformación interna del hombre. Ambos imperativos están unidos por un nexo dialéctico indisoluble: si se quiere prescindir de una de ambas dimensiones, la implantación de la autogestión será imposible. En el fondo, pues, se trata de unir la pedagogÃa y la revolución, o, si se quiere, la teorÃa y la praxis, la reflexión y la acción.
La autogestión no puede ser entendida más que como un largo proceso de autoeducación de la clase trabajadora y de los grupos de la sociedad identificados con el ldeario obrero. No puede improvisarse, tiene que ser conquistada palmo a palmo, a través de un ingente esfuerzo de superación y a sabiendas de que tropezará una y otra vez con toda clase de dificultades objetivas y subjetivas. Ya la sola tarea de liberar al trabajador de los estigmas morales y humanos engendrados por el capitalismo, resultará muy ardua. Si la autogestión quiere llegar al desarrollo de todas sus virtualidades teóricas y prácticas, no puede ser más que un proyecto de liberación integral del hombre, y este ideal exige, como condición irreversible, el surgimiento de una nueva subjetividad humana.
El capitalismo no explota al trabajador sólo materialmente; le explota también espiritual, humana e intelectualmente al impedir un desarrollo óptimo y racional de su personalidad e inocularle al mismo tiempo una serie de hábitos morales y psicológicos de tipo negativo, desde el egoÃsmo al materialismo. En última instancia, la autogestión tiene como meta suprema no la transformación de los métodos de producción y distribución, sino la transformación de la propia personalidad del individuo, la creación de un tipo de hombre superior al que engendra la sociedad de consumo. Implantar la autogestión para que los trabajadores pudieran consumir más coches o frigorÃficos, no valdrÃa la pena. Sólo vale la pena luchar por una sociedad autogestionada cuando partimos del supuesto de que su implantación hará posible el surgimiento de un nuevo orden social basado en la sensibilidad, la generosidad, el compañerismo y la alteza de miras. La meta última de la autogestión es clara: crear un tipo superior de hombre, pues como decÃa Rudi Dutschke, "sin la creación de un nuevo tipo de hombre, la revolución permanente es imposible" [12].
Eso sólo se logrará si se suprime el principio de autoridad en las relaciones entre los hombres y se organiza la sociedad sobre el principio de la solidaridad y ayuda mutua. Pero para que este ideal se transforme en realidad concreta es imprescindible, ya en plena sociedad capitalista, que el hombre aprenda a guiarse por su propia conciencia y esté en condiciones de cumplir con sus deberes sociales y humanos sin que nadie tenga que obligarle a ello. El obrero ha de aprender no sólo a arrebatar determinadas ventajas económicas a la burguesÃa; más importante es todavÃa que aprenda a actuar de acuerdo con una moral antiburguesa, con una moral autogestionaria. Si no es capaz de eso, por muchas ventajas materiales que conquiste, no logrará emanciparse del yugo burgués. Emancipación no significa alcanzar un nivel económico igual al de la burguesÃa, sino crear un sistema de vida y de organización social que esté basado en la justicia, la igualdad, el compañerismo y otros valores inherentes a la ética proletaria.
Insisto en la necesidad de crear una moral realmente nueva, porque existe un sector muy importante de la izquierda --dentro y fuera de España--, que considera que la emancipación de la humanidad y la implantación de la autogestión es un proceso fundamentalmente económico productivo, en el que apenas interviene la subjetividad del hombre, su personalidad humana y espiritual. Frente a este materialismo simplista que quiere reducir el progreso social a una cuestión de "social engineering", nosotros creemos que el motor fundamental de la autogestión es la autoeducación y el autoperfeccionamiento de la personalidad natural e histórica del hombre, y que si esto no se produce, de nada o de muy poco servirán las transformaciones económicas.
Especialmente en el ámbito de la autogestión, es impensable un funcionamiento óptimo del sistema sin la existencia de una alta conciencia ética entre los trabajadores y demás grupos sociales. No diré nada nuevo si recuerdo que todas las grandes conquistas logradas por el movimiento obrero en el curso de su lucha anticapitalista, fueron posibles gracias a la labor realizada por hombres que se distinguÃan precisamente por su integridad moral y su alto grado de idealismo, y que si estos militantes obreros y sindicalistas hubieran faltado, el proletariado no hubiera podido cumplir la misión histórica que ha cumplido.
Tengamos presente que la sociedad autogestionada estará basada en la gestión voluntaria y no coactiva de sus miembros, y ello sólo será posible si cada uno respeta los intereses comunitarios y renuncia al ventajismo, el afán de encumbramiento, la ambición y otras taras morales de origen pequeño burgués. Si falta el sentido de la ética, surgirán inevitablemente las rivalidades personales, las divisiones y, finalmente, la represión de los grupos más fuertes sobre los demás.
Yo no afirmo que implantar una nueva moral va a ser una tarea fácil, pero tampoco considero que sea imposible, a condición de que no se crea que pueda lograrse en un breve espacio de tiempo. Las grandes transformaciones históricas tienen que ser forzosamente lentas y difÃciles, a menos que quieran ser superficiales, y, por ello, ficticias. El hombre ha perdido la inocencia del ''bon sauvage" roussoniano, pero ello no quiere decir que haya dejado de ser apto para amar lo sublime. Incluso en una sociedad tan envilecida como la del capitalismo epigonal, pervive la nostalgia del bien y de la fraternidad. No creo que ningún hombre renuncie voluntariamente a ser bueno y a vivir una vida excelsa. Si traicionando sus inclinaciones antropológicas más profundas, el hombre de la sociedad de consumo parece haber sucumbido definitivamente a la dureza y el cinismo, es porque el proceso de alienación a que está sometido le impide reflexionar con lucidez sobre su destino.
Hoy sabemos que el hombre no se compone sólo de bondad, sino que puede ser también agresivo y destructivo en alto grado, pero ello no significa que haya perdido para siempre sus raÃces antropológicas superiores. CaÃn es hoy más poderoso que nunca, pero la capacidad de renovación moral de la humanidad es inextinguible. Por mucho que prolifere el mal y la ruindad, existirán siempre individuos, grupos y movimientos sociales que salvarán la tradición ética de la especie humana eligiendo el camino del bien, la verdad, la justicia y el desinterés. La autogestión puede ser una de estas corrientes renovadoras.
NOTAS:
1. Mihailo Marcovie, "Dialektik der Praxis", p. 105, Francfort 1968
2. "El término autogestión es relativamente nuevo. Pero aunque el término es reciente, la idea es tan antigua como el mismo movimiento obrero" (Detraz, Krumnov, Maire, "La C.F.D.T. y la autogestión", p. 52, Madrid, 1974).
3. Svetozar Stojanovic, "Kritik und Zukunft des Sozialismus", p. 95, Francfort, 1972
4. Ibid., p. 96.
5. Ibid., p. 96.
6. Garaudy, 1. e., p. 205.
7. Montesquieu, "De l'esprit des lois", Libro XI, Cap. VI.
8. William Godwin, "Enquiry Concerning Political Justice", p. 253, Pelikan Classics.
9. "Die Dialektik der gesellschaftliche Praxis", en el volumen Revolutionäre Praxis. Yugoslawischer Marxismus der Gegenwart", p. 133, Freiburg, 1969.
10. Stojonovic, l.c., p. 97 98
11. Ibid., p. 98.
12. Rudi Dutschke, l.c., p. 77
[Tomado del libro Opresores y Oprimidos. Materiales para una teorÃa de la liberación, Ayuntamiento de Santa LucÃa, Las Palmas de Gran Canaria, 1991].