La querella contra un articulista y dos ilustradores por burlarse de la caza del rey a un oso borracho es el último ejemplo de los riesgos que conlleva tocar el mayor tabú informativo del Reino. Analizamos el escudo mediático de la monarquía.
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Cuando el 14 de abril se celebra el 76º aniversario de la II República, cuestionar el sistema monárquico continúa sin ser una actividad libre de riesgos. Así lo han comprobado en las últimas tres décadas un variado número de periodistas, ilustradores y otros súbditos, cuyas burlas o críticas al monarca fueron contestadas con represalias legales.
Pero las multas o los juicios sólo suponen la última pieza del blindaje informativo. En esta línea, el hecho de que las polémicas cacerías del rey contasen con más protagonismo en la prensa de Rusia o de Rumanía que en la española es una muestra ilustrativa del ‘pacto de silencio’ respecto a todo lo que puede perjudicar a la Corona.
Para el escritor satírico Nicola Lococo, la conocida impunidad del rey en los medios pasó del tópico a traducirse en una querella por parte de la fiscalía el pasado mes de enero.
El motivo: un artículo humorístico (‘Las tribulaciones del Oso Yogui’) publicado en los diarios vascos Gara y Deia, y en el que el conocido animal de dibujos comentaba las acusaciones formuladas a Juan Carlos por la caza de un oso borracho. Un texto en apariencia inocente, pero donde la fiscalía encuentra una larga serie de faltas. “Injurias al rey”, “atentado a la corona” e “insultos a la familia real” son algunas imputaciones que, junto a mostrar que en algunos círculos la broma no hizo apenas gracia, hacen dudar de la libertad de prensa en la democracia española.
“Una historia absurda”
Con el mismo problema se han encontrado Josetxu Rodríguez y Javier Ripa (Rodríguez & Ripa), caricaturistas del suplemento humorístico de Deia, Caduca Hoy. El 28 de octubre, tres días antes del mencionado artículo, publicaron en la portada del suplemento un montaje sobre la polémica cacería del monarca. En respuesta, la querella de la fiscalía parece identificar el artículo y la foto como parte de una misma campaña, por lo que solicita a Garay Deia a revelar el nombre de sus colaboradores.
“Es un poco absurdo”, afirma a DIAGONAL Josetxu Rodríguez, “porque Rodríguez & Ripa no es un seudónimo, sino nuestros apellidos”. También Nicola Lococo define el caso como “una historia absurda donde las haya”. De entrada, afirma, “me enteré por la prensa. No me enviaron notificación oficial alguna. Ninguna carta”. Además, señala, existe una dimensión política en el proceso, como demuestra que otros medios, como el semanario El jueves y varios programas de TV pudieron mofarse de la caza sin represalias legales. Para Nicola, el celo de la fiscalía oscila según el clima político. “Al principio salió el artículo y no pasó nada. La notificación llegó el 4 de enero, meses después de que se publicara y poco después de la bomba en Barajas. Pero desde entonces no nos han vuelto a decir nada. Yo, por si acaso, no abro mucho el pico”.
Para Rodríguez y Ripa, la querella no es una novedad. En 2003, el entonces fiscal Eduardo Fungairiño se querellaba contra ellos por un delito de injurias, esta vez contra el príncipe de Asturias, por otra sátira con motivo de la boda del heredero. El Código Penal abre el camino a estos procesos. Según su artículo 491, se impondrá “pena de multa de seis a 24 meses al que utilizare la imagen del Rey” o de sus familiares “de cualquier forma que pueda dañar el prestigio de la Corona”. En el caso de los dibujantes de Deia la mala publicidad que daba a los herederos una censura de prensa con motivo de su boda hizo que a los pocos días se retirase la querella. Pero otros súbditos no han tenido la misma suerte. El libro Un rey golpe a golpe, biografía no autorizada de Juan Carlos de Borbón, detallaba algunos de los sancionados por hacer mofa del jefe del Estado. Entre ellos destaca el caso del joven José Espallargas, “juzgado en enero de 1990 por haber hecho un dibujo obsceno sobre un sello del rey en una carta que enviaba a su novia desde la mili”. O el cocinero Marciano Delgado, “que en 1988 pasó seis meses en la cárcel por insultar al rey durante un desfile”. O el marinero ceutí Abdeluahab Buchai, “condenado en julio de 1989 a seis meses por injurias leves al rey”.
Ninguno de ellos usó un medio de comunicación masivo. Aunque cabe dudar de que alguno de ellos llegara a darles voz. Todavía hoy, por encima de las guerras de medios, los boicots o los insultos de las tertulias radiofónicas, los grandes grupos siguen fieles a un ‘pacto de caballeros’ que libra al monarca de su fuego cruzado. El pacto no sólo no incomoda, sino que con frecuencia se defiende. En 2000, con motivo del 25 aniversario de la llegada del monarca, un artículo de El País explicaba por qué ni siquiera los guiñoles del Plus tocaban a la familia real. “En España existe una conspiración de silencio en la que participan todos los medios. (...) Y tiene su razón de ser”, escribía John Carlin, quien defendía cómo “el rey Juan Carlos no sólo ha sido símbolo, sino protector de una democracia que nació hace apenas 25 años. La autocensura de los medios españoles ha sido, en este caso, una demostración de responsabilidad cívica”.
De hecho, unido a las represalias legales y a la autocensura, la presentación de Juan Carlos I como figura providencial forma el tercer pilar que ha servido para mantener a flote la Corona. No ha sido, en todo caso, un ejercicio fácil. De nuevo en Un rey golpe a golpe se señala una frase ilustrativa de alguien tan poco sospechoso de republicanismo como Luis María Anson: “Las razones en favor de la República las comprende cualquiera. Las razones en favor de la Monarquía hereditaria requieren estudio riguroso, así como considerable disciplina mental”. Para esta “disciplina mental”, los medios han servido como principal apoyo. El reto: convertir en salvaguarda de la democracia a un joven sin demasiadas virtudes intelectuales, con visibles problemas de dicción y con su legitimidad política heredada de Franco. Los esfuerzos han dado resultados. Pero los riesgos siguen presentes. Como ha afirmado Alfredo Grimaldos, autor de La sombra de Franco en la Transición, “si los medios se pasasen un puente, cuatro o cinco días, publicando todas las actuaciones del Rey, cuando llegase el lunes la Monarquía se habría acabado”. El monarca, considerado constitucionalmente irresponsable (su persona “es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”, según la Carta Magna), no debe responder por ningún hecho delictivo, lo que no significa que bajo su reinado no se hayan producido irregularidades.
A pesar de las precauciones, la figura del monarca vuelve a ser cuestionada periódicamente. La última, con ocasión del programa Tengo una pregunta para usted de TVE, cuando un participante preguntó a Zapatero por los gastos de la Casa Real. ¿Fue la pregunta un signo de apertura? Cabe dudarlo. Según cuenta en su blog uno de los asistentes, lo importante sucedió al término del programa, cuando “entró en plató un señor procedente de la sala de control para recriminarle a Lorenzo Milá lo sucedido con la pregunta sobre la monarquía”.
EL REY, LOS OSOS Y EL PAÍS VASCO: UN TRIANGULO DIFÍCIL En ocasiones, para informarse de las actividades del Rey de España es más práctico leer la prensa rusa o de Rumanía. Es lo que ocurre con sus cacerías de osos. En octubre de 2004, Juan Carlos I pasó un fin de semana disparando contra osos y otros animales durante una estancia en la región de Covasna, al pie de los Cárpatos, alojándose en un antiguo chalet del dictador Ceausescu. La noticia provocó un escándalo en Rumanía. En 2006 se repetía una historia similar. El pasado octubre, la prensa de Moscú recogía las denuncias de un responsable medioambiental ruso que denunciaba la “abominable puesta en escena” para la caza de un oso llamado Mitrofan por parte de Juan Carlos I. Según las acusaciones, Mitrofan, un oso de un centro turístico, fue “emborrachado con abundante vodka mezclado con miel y obligado a salir al campo”, donde se convirtió en un tiro fácil para el rey. Junto a las críticas de grupos ecologistas, que recuerdan que los osos son, en muchos países especies en vías de extinción, numerosos articulistas no han evitado la tentación de hacer hincapié en la parte grotesca del incidente. Entre ellos ‘Las tribulaciones del oso yogui’, del articulista Nicola Lococo, se llevó su querella por párrafos como éste: “-¡Huohohoyyy! ¡Bubu! (...) ¡Oso que está informado.... nunca será cazado! Dice su titular: EL REY DE ESPAÑA MATA UN OSO BORRACHO. ¡Hey! Veo la sorpresa en tu gesto Bubu. Yo también he entendido lo mismo. ¡Craso error! Por esta vez, el rey de copas no es quien nosotros pensamos, sino nuestro congénere, el bueno de Mitrofan”. El hecho de que sólo su artículo y los dibujos de Deia sufrieran represalias llevó a Nicola a dar una repuesta cómica a la fiscalía. Pocos días más tarde, en un artículo titulado ‘Apología bufa de un filósofo pillo’, afirmaba: “Lo reconozco Señor Fiscal: ¡¡soy culpable!! (...) Como es sabido, en este reino de la democracia formal todos somos inocentes hasta que se demuestra que somos vascos”. De hecho, también entre los políticos vascos se ha dejado sentir la acusación de “injurias al Rey”. En noviembre de 2005, el Tribunal condenaba por este motivo a un año al líder de Batasuna, Arnaldo Otegi, acusado de haber llamado dos años antes al monarca “responsable de los torturadores”. Y también Javier Madrazo, coordinador de Izquierda Unida-Ezker Batua, recibió una querella por parte de la fiscalía vasca por injurias “contra el Rey y Aznar”, al acusar al expresidente de “terrorista” y al rey de “cómplice” por su silencio sobre el apoyo español a la guerra de Iraq.
Autor: Miguel Angel de Lucas
Fuente: DIAGONAL